El juego te encantaba. No era para ganar, sino simplemente lo disfrutabas; te sentías cómoda, gozabas al otro u otros participantes, porque ganaras o no, querías estar en el juego.
Apreciabas cada encuentro desde el momento en que sabías que habría partida.
Sin embargo, de pronto te cambian las reglas, de repente, de un día para el otro y sin porqués.
Otro jugador decide que no, que así ya no va. Que no está de acuerdo. Que no importa lo que opines o sientas.
Y tú, primero te enojas, te quieres salir.
Te empiezas a decir que “total, ni estaba tan padre” o a victimizarte pensando que “siempre pasa lo mismo”.
Pero después que pasa el mal sabor, te das cuenta:
¡Si sólo es un juego! Y piensas: “Tal vez con estas nuevas reglas aprenda algo y, si no me gusta, entonces me podré ir si así lo decido. O tal vez desde hoy comprendo que no me gustan y no le entro”.
Pero nada más pasa.
No hay culpas, no hay drama, nadie se encanija… ¡no significa nada!
Ojalá pudiéramos ver así las relaciones en la vida. Sean de pareja, de amigos, de familia.
Lo único permanente en la vida es el cambio.
Nada en este mundo es eterno, nada dura para siempre. Y eso incluye a las personas.
Cada día sentimos y pensamos cosas que modifican nuestra manera de percibir, interpretar y ver el mundo, y eso hace más comprensible el que algunas personas se alejen o ya no quieran convivir con nosotros, sin que eso signifique que estemos mal nosotros o ellos.
Es un cambio de reglas, es un juego distinto.
Si las reglas cambian, tú ¿quieres jugar?