Observarnos a nosotros mismos con amor, sin juicio ni etiquetas es una práctica que nos lleva a grandes transformaciones.
Saber qué nos mueve, que nos duele y cuando callar o gritar lo que sentimos se logra cuando somos capaces de estar atentos a nosotros sin el ruido del exterior. Es como cerrar los oídos a lo que el mundo nos dice para concentrar la atención en lo que sentimos cuando algo sucede.
¿Porqué reacciono así ante una situación? ¿Qué siento cuando alguien dice o hace tal cosa? ¿Quién soy yo ante un conflicto o algo que me lastima?
No se trata de lo que hacen o dicen los demás, estamos hablando de una mirada interna, de una observación amorosa de en qué momento de nuestra vida estamos. Cómo nos estamos relacionando con los demás y así poder descubrir cuales son las heridas y miedos que merecen ser atendidas y aceptadas.
Cuando nos observamos, aprendemos a entendernos como lo haríamos con una persona amada ala que no queremos cambiar, la queremos entender. En la mirada compasiva que nos brindamos estamos regalandonos un espacio donde somos, donde aprendemos de nosotros mismos como nadie más puede hacerlo.
Estar atentos a nuestras reacciones nos brinda la oportunidad de hacernos cargo de lo que no estamos haciendo conforme a nuestros valores y creencias. De ser nuestros propios maestros en el arte de modificar conductas y de cambiar hábitos. Tener consciencia de lo que es una oportunidad para crecer y evolucionar, se logra mucho más eficientemente si tengo la costumbre de observarme.
Y la única regla (no lo olvides) es hacerlo con amor.