¿Y si tu perla, no es realmente una perla?

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Montserrat Montaño

Psicoterapeuta Tanatóloga

“Él es tan encantador, estrella de la sinrazón, un espejismo, medalla olímpica de oro al más ca…n, tienes el podio de la gran desilusión.La decepción local, rompecorazones nacional, un terrorista emocional, el mayor desastre mundial.Fragmento de “La perla” de Rosalia.

Terminamos una relación, nos duele, nos desgastamos entendiendo qué pasó y, casi como una explicación que acomoda todas las piezas, decidimos: “Es narcisista”. A veces, la etiqueta ayuda a nombrar una experiencia de abuso real, pero otras veces se convierte en una explicación demasiado grande para una historia mucho más sencilla y, paradójicamente, más dolorosa: “Él no quería estar contigo”.

Por esto, La Perla resulta un punto de partida para hablar del tema. “Ladrón de paz”, “terrorista emocional” son frases con las que Rosalía retrata a alguien que miente, hiere y no asume responsabilidad. Poética manera de evocar una relación destructiva, pero que no constituye una evaluación clínica de la persona aludida. Sin embargo, aquí está la pregunta que vale la pena hacernos…

¿Y si tu perla no era perla?

¿Y si no todos los hombres que te rompieron el corazón eran narcisistas? ¿Y si algunos tenían rasgos evitativos o dificultades con la intimidad y el compromiso? ¿Y si otros simplemente dejaron de amar? ¿Y si incluso hubo relaciones donde ninguno de los dos fue el villano y solo llegaron a su fin?

Distinguirlo importa porque confundir un diagnóstico con una conducta, un patrón relacional o una ruptura puede impedirnos hacer el duelo adecuado.

Desde la psicología clínica hay una primera distinción que siempre les enseño a mis pacientes: no es lo mismo tener rasgos narcisistas que presentar un trastorno narcisista de la personalidad. Todos tenemos algunos rasgos narcisistas, aquellos con apegos muy evitativos más que otros. Por ejemplo, todos podemos mostrar, en determinados momentos o situaciones, necesidad de reconocimiento, sensibilidad a la crítica o preocupación por nuestra imagen, sin que esto nos convierta automáticamente en narcisistas. Puede mentir, ser infiel, ser inmaduro, huir del conflicto, ser egoísta, no saber amar o incluso hacernos mucho daño, y ninguna de esas conductas, por sí sola, permite concluir: “Es un narcisista”.

Entonces, ¿cómo se ve una relación narcisista? En una relación con una persona que presenta rasgos narcisistas marcados o un trastorno narcisista de la personalidad, el problema no es solamente que “no te eligió”. El problema es el patrón de interacción: cómo se relaciona contigo, cómo responde a tus necesidades y cómo maneja la admiración, la crítica, los límites y la responsabilidad.

Puede haber una búsqueda intensa de validación, una sensación de superioridad o derecho especial, explotación de la pareja, dificultad persistente para reconocer el impacto de las propias acciones y tendencia a justificar, minimizar o desplazar la responsabilidad. En algunos vínculos aparecen ciclos de idealización y devaluación, culpabilización, control, humillación o amenazas de abandono.

Sin embargo, conviene añadir que no toda relación con una persona narcisista es necesariamente abusiva y no todo abuso psicológico proviene de una persona con trastorno narcisista. El abuso se define por conductas y dinámicas de poder, no por una etiqueta diagnóstica. Y es justo por esto que me interesa hablarte hoy de este tema.

El abuso psicológico existe y debe nombrarse. Puede incluir humillaciones, intimidación, aislamiento, control de la comunicación o del dinero, amenazas, vigilancia, culpabilización sistemática, invalidación, chantaje emocional o manipulación persistente. No es necesario demostrar que el agresor tiene un trastorno para reconocer el daño y buscar protección. Dicho de otra manera, no necesitas la etiqueta para salir de una relación que no te hace bien.

Iñaki Piñuel, autor de Amor Zero, ha escrito sobre relaciones caracterizadas por abuso psicológico y dinámicas de control. Su trabajo puede ser útil para identificar experiencias de maltrato, aunque sus conceptos no deben utilizarse como sustituto de una evaluación clínica ni como prueba de que una expareja tiene psicopatía o narcisismo. Debemos evitar convertir “relación tóxica”, “psicopatía”, “abuso psicológico” y “narcisismo” en sinónimos universales de cualquier ruptura dolorosa.

Frecuentemente confundimos a las perlas con personas que, ante la intimidad emocional, se sienten incómodas. Necesitan mucho espacio, les cuesta hablar de sentimientos, se alejan cuando la relación adquiere profundidad o perciben la necesidad afectiva del otro como una presión. Esto puede, entre otras posibilidades, corresponder a estrategias o patrones de apego evitativo. El estilo de apego nos ayuda a comprender tendencias en la manera de relacionarnos: buscar cercanía, responder a la dependencia y regular las emociones dentro de los vínculos.

Tampoco debe confundirse el apego evitativo con el trastorno de la personalidad por evitación. Este último implica un patrón persistente de inhibición social, sentimientos de ineptitud e hipersensibilidad a la evaluación negativa. Una persona con apego evitativo puede ser sociable, competente y segura en muchas áreas de su vida y no es correcto pensar que es lo mismo. Ahora, hay una diferencia importante: la distancia de una persona con estrategias evitativas no implica necesariamente una intención de controlar tu autoestima o de destruirte. Puede haber miedo a la intimidad, necesidad intensa de autonomía, dificultades para regular las emociones o aprendizajes tempranos que hicieron que depender de alguien se sintiera peligroso. O simplemente puede ser alguien con mucha inmadurez emocional, puede estar atravesando depresión, estrés, duelo, conflictos personales o simplemente no querer realmente estar contigo. No toda persona evitativa es narcisista ni todo narcisista es evitativo.

Obviamente, esto no significa justificar el daño “porque tiene un problema”. No eres centro de rehabilitación ni terapeuta, eso déjamelo a mí. Una persona evitativa puede ser irresponsable, deshonesta o cruel. Si desaparece sin explicación, incumple acuerdos o mantiene a su pareja en una incertidumbre constante, esas conductas deben evaluarse por sus efectos y por la responsabilidad que la persona asume, no por una etiqueta. Hacer daño sin intención no invalida el daño. Además, yo, que siempre les hablo de la responsabilidad, les digo que tu estilo de apego no es una sentencia. Es nuestra responsabilidad trabajar en nosotros para desarrollar mayor seguridad mediante relaciones saludables, introspección y psicoterapia.

Las personas pueden desaparecer emocionalmente de una relación por razones completamente diferentes: una puede estar evitando la intimidad, otra estar manipulando, otra atravesando una crisis y existe también otra posibilidad que nos cuesta muchísimo aceptar… se acabó el amor. No hay diagnóstico ni villanos, tampoco necesariamente una explicación traumática. A veces las personas simplemente dejan de sentir lo que sentían, crecen hacia caminos tan separados o se desvinculan por completo con el desgaste y el descuido diario.

Este último es uno de los duelos más complicados porque nuestra mente quiere una explicación proporcional al dolor. Es justo aquí donde empezamos a buscarle “tres pies al gato”: tiene otra, seguramente nunca me quiso, todo fue mentira, es narcisista. Buscamos aliviar el dolor con culpables, etiquetas e historias de víctimas y victimarios.

El amor no es un contrato que garantiza permanencia ilimitada, es más como el cine de antes: es permanencia voluntaria. Una relación pudo haber sido verdadera y aun así terminar. A veces nos damos cuenta de que somos incompatibles, queremos cosas diferentes o simplemente ya no quiere esa relación. Aunque nos duela, esa decisión no constituye por sí misma una agresión narcisista.

Cabe mencionar que terminar una relación no exime a nadie de la responsabilidad sobre la forma de hacerlo. Mentir, humillar, mantener una doble relación o desaparecer sin considerar acuerdos y responsabilidades puede ser dañino, pero una conducta dañina por sí sola no basta para determinar que tu ex era una perla.

El problema de convertir a todos tus ex en narcisistas es que esto puede darnos alivio porque colocamos toda la responsabilidad fuera de nosotros. Si él es el enfermo y yo soy la víctima, entonces no tengo que mirarme y cuestionarme sobre mi participación y responsabilidad en la dinámica de la relación. Preguntas como: ¿qué señales ignoré?, ¿qué patrones repetí?, ¿por qué me esforcé tanto en convencer a alguien de que me eligiera?, ¿por qué di tantas oportunidades?, ¿por qué acepté lo inaceptable?, ¿por qué me quedé tanto tiempo?

Preguntas como estas no pretenden responsabilizar a quien sufrió abuso. La responsabilidad en una relación abusiva pertenece a quien ejerce la violencia, pero sí permiten reflexionar sobre nuestras decisiones y aprender de ello para sanar lo que es nuestro. Ojo, jamás se justifica el maltrato. Frases como “me pegó, pero yo lo provoqué” no entran en discusión.

En las relaciones que simplemente terminan, asumir nuestra parte del vínculo puede convertirse en una herramienta poderosa de crecimiento, autoconocimiento y favorecer el cierre sano de ese ciclo. No significa aceptar culpas que no corresponden, sino distinguir entre responsabilidad, compatibilidad y daño.

Llamar narcisista a cualquiera que nos abandona banaliza el sufrimiento de quienes realmente han vivido abuso psicológico y puede desviar la atención de las conductas concretas que requieren protección. También nos roba la posibilidad de hacer un duelo honesto.

Quizá el giro de esta historia no consiste en descubrir que tu ex era “la gran perla” o “la gran decepción”. Muchos de mis pacientes acuden a terapia para entender todo lo que tienen mal sus ex o se vuelven “expertos” en evitativos y narcisistas, pero… quizá consiste en dejar de mirar la relación únicamente a través de él. La pregunta ya no es: “¿Qué trastorno tenía?”.

Sino: “¿Qué aprendí de mí en esa relación?”. ¿Qué toleré? ¿Qué necesito? ¿Qué límites no volveré a negociar? ¿Qué señales voy a escuchar la próxima vez? ¿Qué significa para mí una relación segura? Y, sobre todo, ¿puedo aceptar que alguien no me elija sin convertir esa decisión en una sentencia sobre mi valor?

Sanar no siempre consiste en descubrir que el otro era terrible. A veces sanar consiste en aceptar algo mucho más sencillo y mucho más doloroso: no éramos para siempre. A veces sanar es llegar a la versión de nosotros que finalmente aprendió a no abandonarse para conseguir que alguien más se quedara.

Ahora bien, si de verdad tienes una perla y sospechas que has sido víctima de abuso narcisista, te sugiero enérgicamente que acudas con tu psicoterapeuta de confianza, ya que los daños que dejan estas relaciones no son solo emocionales, sino estructurales y equiparables, en muchos de los casos, con trastorno por estrés postraumático, como un sobreviviente de guerra. Prometo escribir pronto sobre todos los estragos y secuelas biopsicosociales de una relación así.

Contar con un apoyo clínico será lo mejor para salir adelante de una verdadera perla o para descubrir que solo fue una relación que duele que termine y acompañarte a cerrar ciclos. No tienes que saberlo todo, no estás solo/a y cualquiera puede ser víctima de un narcisista. No te juzgues tan duro. Te abrazo.