Parece que fue ayer cuando abrí un cuaderno para vaciarme en sus páginas. En ese momento no tenía idea del mundo que se abriría para mí. Fue como un impulso, casi un instinto, como el que nos empuja a buscar la luz del sol en los días de invierno.
Entonces yo tenía unos once años y el pecho encogido por el dolor. Mi madre estaba muriendo. En mi mundo infantil contaba con pocos recursos para hacerle frente a la incertidumbre: tenía a mis amigas, a un Dios que me presentó el catolicismo y los cuidados de mi familia, pero siempre sentí que me faltaba otro tipo de consuelo.
Escribir se convirtió en mi válvula de escape. Por las hojas de mis diarios corrían los ríos de palabras que durante toda mi adolescencia me sirvieron de refugio y compañía. Convertía en letras todo lo que me dolía, las preguntas para las que nadie parecía tener respuesta, el registro de mis días, lo que me ilusionaba. Y poco a poco me fui dando cuenta: la escritura se convirtió en mi medicina.
Escribir para sanar
Me atrevo a decir que el poder sanador de la escritura le viene de su naturaleza radiológica. En alguna herramienta teníamos que descubrir el poder de vernos por dentro, ya que los espejos resultan todavía insuficientes. Un buen día alguien encontró dicha alquimia en la pluma. Podremos observar nuestros huesos y órganos con los rayos X y los ultrasonidos, pero para lo impalpable, tendremos siempre a la escritura. Me pregunto lo que habrá sentido la primera persona que buceó en sus profundidades para luego plasmarlas en el papel y se dio cuenta de que con un acto tan sencillo podía tomarle una fotografía a su mundo interior.
Escribir lo que pensamos y sentimos nos lleva de la mano a un viaje de autodescubrimiento que resulta en la expresión y liberación de nuestras emociones más enquistadas, aquellas a las que no les dimos cabida en su momento. Al entablar ese diálogo con nosotras mismas a través del cuaderno estamos reconociendo y validando lo que pensamos y sentimos, y ese acto tan humilde y al mismo tiempo tan poderoso es lo que cura.
Dejar en la cabeza lo que nos atormenta es permitirle a esa maraña de pensamientos que se sostenga sobre nosotros como si fuese una nube que nos sigue a todas partes y nos empapa con su lluvia. Escribirlo es sacarlo de nuestro sistema, ordenarlo, ponerle un nombre y, lo más valioso, verlo de frente para distanciarnos y dejar de identificarnos tanto con la historia.
Si te hacen falta datos científicos, aquí te traigo algunos: Escribir a mano estimula la actividad neuronal y previene o retrasa la aparición de enfermedades como la demencia senil, eleva el sistema inmunolgógico, regula el ritmo cardiaco, reduce los niveles de estrés y hay estudios que revelan que ayuda a cicatrizar heridas mucho más rápido.
Cómo empezar
Compra un cuaderno y una pluma. Parece que hasta acá alcanzo a escuchar tu risita. “¿Comprar uno Marcela? Si tengo decenas que he dejado en blanco”. Maravilloso, entonces prepárate para llenarlos. Empezar es tan sencillo como esto: siéntate, abre tu cuaderno y responde en la página a la pregunta “¿Cómo estás?”
Tan sencillo y tan complicado, lo sé. Quizá lo has intentado otras veces y te quedas paralizada. Es normal que sientas miedo, no te preocupes, no eres la única en el mundo que lo siente. Las causas pueden ser múltiples, pero casi siempre tienen que ver con el miedo a que nos duela o con la autoexigencia, que al final de cuentas también es una mecanismo muy socorrido para protegernos ante el dolor que nos provoca la idea del fracaso. El miedo, como puedes ver, no es el enemigo, lo único que quiere es cuidarte.
Si eres de las que se intimida ante la página en blanco, recuerda esto siempre que vayas a sentarte a escribir: no hay manera de hacerlo mal, y si duele, es porque hay algo ahí que se quedó pendiente por sentir. Llorar al escribir es un acto de liberación, de sanación profunda y, sobre todo, de autocuidado. La sanación requiere siempre de pasar primero por el dolor, dejar de reprimirlo, reconocerlo y, hasta entonces, dejarlo ir.
Responder con presencia y honestidad a la pregunta “¿Cómo estás?” siempre que quieras escribir es más que suficiente, pero una vez que tomes confianza puedes hacerte otras preguntas como: ¿Qué es lo que me duele de esta situación? ¿Que es lo que verdaderamente necesito? ¿Qué podría aprender de todo esto? ¿Qué soñé anoche? ¿Cuáles son esos pensamientos que no puedo sacudirme de la mente? ¿Qué es lo que me preocupa tanto? ¿Por qué no puedo soltar el pasado?
Lo que escribas nunca estará bien ni mal, como tampoco tú lo estás. Lo que escribas simple y maravillosamente será un reflejo de tu mundo interior, y a ése es al que quieres acceder para abrazarte y sentirte mejor. La escritura es espejo, y vernos de cerca es el acto más valiente y amoroso que podremos hacer por nosotras mismas.
Hoy comprendo que aquel abrazo que estaba buscando cuando era una adolescente, y que encontré en la escritura, era el que sólo yo podía darme.