Hola de nuevo.
Hace un par de días estaba terminando de escribir el artículo para esta revista que ahora mismo tienes entre las manos. Escribía que el silencio se había convertido en mi podcast favorito de los últimos meses. Y era verdad: durante un tiempo dejé de llenar cada momento con información porque sentía que ya había aprendido suficiente. Mi cuerpo me pedía dejar de buscar respuestas fuera y empezar a escuchar las que ya estaban dentro de mí.
Pero mientras terminaba aquel artículo, algo no me cuadraba. No sabía exactamente qué. ¿Era que no quería recomendar un podcast, o iba más allá de eso? Quizá era el miedo a mostrarme vulnerable, o esa vieja creencia de que solo podemos contar nuestra historia cuando ya está resuelta, cuando la tormenta ya pasó. Todo tuvo sentido cuando descubrí que sí quería recomendar uno, y supe exactamente cuál.
Hace unos días tuve una cena con varias mamás del colegio de mis hijos. Ya saben cómo son esas cenas: empezamos hablando de nuestros adolescentes, compartiendo preocupaciones, riéndonos de situaciones que solo otra madre entiende, y preguntándonos, muy en el fondo, si realmente lo estaremos haciendo bien.
Fue una cena agradable. Me abrí, compartí cosas personales, y sentí que podía hacerlo sin sentirme juzgada.
Antes de despedirnos, una de las mamás hizo un comentario que, hace unos años, me habría dolido muchísimo. Me dijo que tenía que trabajar mi autoestima.
La conversación terminó ahí. Pero dentro de mí, algo acababa de empezar.
Quienes me conocen saben que tengo la costumbre —bendita o agotadora, según el día— de cuestionármelo todo. Esa frase me acompañó toda la noche. Y cuanto más la observaba, más aparecían recuerdos, comportamientos y decisiones que hasta entonces nunca había relacionado entre sí.
Me di cuenta de que muchas de mis acciones han nacido desde la necesidad de sentirme amada: buscando aceptación, reconocimiento, validación… como si mi valor dependiera de que alguien más pudiera verlo antes que yo.
Y ahí volví a hacer algo que llevo años haciendo, algo que me ha acompañado en distintos capítulos de mi vida. Cogí el teléfono, abrí Spotify y fui directo a uno de mis podcasts favoritos: Se Regalan Dudas. Tenía la certeza de que ahí encontraría una respuesta.
Si todavía no lo conocen, creo que merece mucho la pena. Lo crean Ashley Frangie y Lety Sahagún, dos mujeres con una capacidad muy bonita de hablar desde un lugar profundamente humano. A veces entrevistan a expertos sobre temas que todos, en algún momento, nos hemos cuestionado; otras, responden dudas que les envían quienes las escuchamos. Y ahí está su mayor valor: no hablan desde un pedestal ni pretenden tener la verdad absoluta. Se permiten dudar, equivocarse, cambiar de opinión, mostrar sus propias contradicciones. Por eso es tan fácil sentirse identificado —las preguntas que ellas se hacen suelen ser las mismas que, de una u otra forma, todos nos hacemos alguna vez.
De ahí el nombre. Como dicen al comenzar cada episodio: «Tenemos tantas dudas, que te las queremos regalar». Una frase maravillosa, porque hay preguntas que, cuando alguien más se atreve a hacerlas en voz alta, dejan de sentirse tan solitarias.
Ese día escribí una sola palabra en el buscador: autoestima. Y apareció el episodio 143, con Silvia Congost.
Sentí una de esas pequeñas casualidades que me gusta pensar que no son casualidad. Cuando recién me separé, una de mis mejores amigas me regaló uno de sus libros, A solas. Tiempo después tuve la suerte de asistir a una conferencia suya. Y ahora, sin buscarlo, volvía a encontrarme con ella justo en el momento en que más necesitaba escucharla.
Mientras conducía, sentí que alguien ponía palabras a algo que yo llevaba tiempo sintiendo, pero que todavía no había sabido nombrar. Y apareció una pregunta que me atravesó por completo:
¿Cómo es posible que, teniendo tantas cosas por las que sentirme orgullosa, me cueste tanto quererme?
No encontré una respuesta definitiva. Pero sí encontré un camino.
Hace algunos años comenzó una etapa en la que empecé a cuestionármelo todo. He hecho terapia, he leído muchísimo, he escuchado decenas de podcasts, he intentado entender muchas cosas sobre mí. Pero este último año siento que vivo algo distinto: si antes necesitaba comprender, ahora mi cuerpo me pide sentir.
Y, mientras escuchaba ese episodio, me vino a la cabeza una película que quiero recomendarles (así les hago un 2×1) si todavía no la han visto:
Un monstruo viene a verme.
Más allá de la historia, hay un mensaje profundamente humano: el sufrimiento disminuye cuando dejamos de luchar contra la verdad de lo que sentimos. El monstruo nunca intenta explicarle a Conor por qué su madre enferma. No le promete que todo saldrá bien ni intenta evitarle el dolor. Le enseña algo mucho más importante: a atravesarlo.
Creo que eso es exactamente lo que llevo meses aprendiendo. A dejar de pelearme con las partes de mí que no me gustan. Con mis contradicciones. Con mis errores. Con esas emociones que durante años pensé que una «buena persona» no debía sentir.
Porque no somos blancos o negros. Somos profundamente humanos. Podemos hacer cosas maravillosas y equivocarnos. Podemos amar mucho y, al mismo tiempo, sentir miedo, rabia o inseguridad. Aceptar eso no nos convierte en peores personas; nos convierte en personas más completas.
Quizá por eso el monstruo insiste una y otra vez en que Conor reconozca y nombre su verdad. No los hechos: su verdad emocional. Porque cuando dejamos de esconder lo que sentimos, el peso empieza, poco a poco, a hacerse más ligero.
Sigo creyendo que el silencio es necesario. Necesitamos momentos para dejar de escuchar el ruido del mundo y volver a conectar con nosotros mismos. Pero también entendí algo más: hay ocasiones en que necesitamos la voz de otras personas para poder escuchar la nuestra.
A veces llega en una conversación con una amiga. Otras, en una frase dicha casi sin intención durante una cena. A veces en un libro, en una película, en un episodio de un podcast que aparece justo el día en que lo necesitábamos.
Ninguna de esas voces tiene nuestras respuestas. Pero muchas veces nos regalan las preguntas que todavía no nos habíamos atrevido a hacernos.
Y ahí, quizá, esté el verdadero equilibrio: no en elegir entre escuchar a los demás o escucharnos a nosotros mismos, sino en aprender cuándo necesitamos cada cosa. Humildad para escuchar otras verdades. Sabiduría para reconocer la nuestra.
Gracias, como siempre, por leerme. Y gracias a SE BALANCE por seguir prestándome estas páginas para integrar mis procesos. Pero sobre todo, gracias a Ashley y a Lety, que sin saberlo llevan años regalándome preguntas justo cuando más las necesito. Hay voces que informan, y hay voces que acompañan. Las suyas son de las segundas —y sin ellas, ese simple comentario en la cena se habría quedado ahí, cuando había tanto aprendizaje detrás de él.