Vivir acelerados se ha vuelto normal, pero nuestro cuerpo puede estar pagando el precio.
Vivimos con prisa. Nos despertamos y muchas veces, antes de levantarnos de la cama, ya estamos revisando mensajes, pendientes o noticias. Corremos para llegar a tiempo, resolvemos varias cosas a la vez y terminamos el día cansados, pero con una mente que parece no saber cómo apagarse.
Nos hemos acostumbrado tanto a vivir así que incluso podemos pensar que es normal. Pero una cosa es que sea común y otra muy diferente es que nuestro cuerpo esté diseñado para permanecer en ese estado todo el tiempo.
Nuestro sistema nervioso autónomo participa constantemente en la regulación de funciones que no tenemos que pensar para que sucedan: el ritmo cardiaco, la respiración, la digestión y muchas de las respuestas que nos ayudan a adaptarnos a lo que ocurre a nuestro alrededor.
Cuando percibimos una amenaza o una situación demandante, se activa una respuesta de estrés que prepara al organismo para reaccionar. Aumenta el estado de alerta, el corazón puede latir más rápido y se moviliza energía para responder al reto. Esta respuesta es completamente normal y necesaria. El problema no es activarnos; el problema es permanecer activados y no recuperar. (PubMed Central (PMC))
Y no necesitamos estar frente a un peligro real para que esto suceda.
Puede ser un correo que nos preocupa, una discusión, problemas económicos, exceso de trabajo, tráfico, dormir poco o simplemente pasar todo el día pensando en lo que tenemos que hacer mañana.
Imagina, por ejemplo, que estás preparando la cena mientras contestas mensajes, pensando en algo que pasó durante el día y repasando mentalmente todos los pendientes de mañana. Quizá aparentemente “no pasa nada”, pero tu cuerpo puede seguir respondiendo a esa acumulación de demandas.
Cuando esto ocurre de manera repetida hablamos de estrés crónico. La ciencia utiliza también el concepto de carga alostática para describir el desgaste acumulativo que puede aparecer cuando nuestros sistemas de adaptación al estrés tienen que activarse una y otra vez durante periodos prolongados. Esta carga involucra diferentes sistemas del organismo, entre ellos el cardiovascular, metabólico, inmunológico, endocrino y nervioso. (PubMed)
Nuestro cuerpo suele avisarnos.
Dificultad para relajarnos, irritabilidad, problemas para concentrarnos, alteraciones del sueño, dolores de cabeza, tensión corporal o cambios en el apetito pueden acompañar al estrés. (Organización Mundial de la Salud)
Lo interesante es que también podemos enseñarle al cuerpo momentos de recuperación.
Y no necesariamente necesitamos cambiar nuestra vida entera para empezar.
Una herramienta muy sencilla es la respiración lenta y consciente. Diferentes investigaciones han encontrado que disminuir voluntariamente el ritmo de la respiración puede producir cambios en la regulación autonómica y aumentar parámetros de variabilidad de la frecuencia cardiaca relacionados con la actividad parasimpática. (PubMed)
Podemos comenzar con algo tan simple como detenernos unos minutos y llevar nuestra atención a la respiración. Respirar suavemente, sin forzar, haciendo nuestra respiración un poco más lenta y tranquila.
También podemos crear pequeñas pausas durante el día: salir a caminar, comer sin estar viendo el teléfono, tener una conversación presente, hacer ejercicio, dormir lo suficiente o simplemente permitirnos unos minutos sin estímulos.
No se trata de eliminar el estrés. Eso sería imposible y tampoco sería saludable. Necesitamos la capacidad de activarnos cuando la vida lo requiere.
La salud está también en nuestra capacidad de regresar.
Regresar a la calma después de una situación difícil. Regresar a nuestra respiración. Regresar al presente. Darle al organismo espacios reales de recuperación.
Quizá una de las preguntas más importantes que podemos hacernos no sea solamente:
¿Cuánto estrés tengo?
Sino:
¿Cuántos momentos de recuperación estoy teniendo durante mi día?
Porque cuidarnos no siempre significa hacer más.
A veces significa aprender a detenernos.